CÓMO COMENZÓ A GESTARSE TODO
Aclaración: este post formó parte de un blog anterior, pasaron ya dos años de su publicación.
Luego de todo esto llegarían el Reiki y el Tarot. Por eso retrato este re post con la carta El Juicio de Kazanlar Tarot, una de sus significaciones posibles: resurgir cosas del pasado, como esta nota.
Antes que nada, tengo que comenzar a recordar. Si bien hace un año que como pareja estamos en búsqueda, en el día de hoy descubro o hago consciente un proceso que comenzó antes. Hoy sé que para ser madre debía antes recuperar mi femineidad. Y no hablo de femineidad como usar pollera y ser coqueta, sino valorar todo lo que implica ser mujer: desde lo biológico, lo psíquico y lo emocional. Por todo esto entiendo que renazco mientras busco. No hay aún un bebé gestándose, pero sí una energía que nace a partir de su búsqueda.
No recuerdo cuándo surgió la incomodidad y hasta odio de ser mujer. Mi desarrollo no fue un momento de festejo. Lo oculté durante una semana. Al decírselo a mi mamá le pedí que no se lo contara a mi padre. Me daba vergüenza. Su felicitación fue “Ahora vamos a tener que cuidarte más” o “Ahora vamos a tener que tener más cuidado”, algo así. Fue con una sonrisa pero esta frase adquiere más adelante otro significado.
Mis primeras menstruaciones fueron muy dolorosas, siempre imprevistas porque no entendía cómo calcular mis ciclos. Ante el dolor, paradójicamente, ¿paradójicamente?, me acompañaba mi papá y percibía en mi mamá cierto enojo. Cualquier mancha en mi ropa era considerada una asquerosidad, es más, si envolvía mis toallitas en papel de diario, mejor, según mi madre. La menstruación era dolor, asco y basura.
Tuve algunos años en que apenas sentía la presencia de mi menstruación. Al tiempo desarrollé mi sexualidad. Mi ignorancia sobre mi ciclo continuaba e hizo acto de presencia. Tuve un retraso cuando me creía regular. No solo no estaba embarazada, posibilidad que me asustó mucho, sino que aprendí a contar mis días pasados cinco años de mi primera menstruación. Finalmente, me dieron pastillas anticonceptivas porque habían resurgido los dolores, hecho que me posibilitó a dejar de hacer cálculos y escuchar mi cuerpo ya que las pastillas se encargaban de que fuera todo puntual y hasta “mecánico”. Pronunciaron por primera vez la palabra endometriosis. Me escudé en que no lo sabría hasta que buscara. Pasaron diez años.
En el transcurso probé muchos remedios, hasta escuché doctoras descreyendo de mis dolores. Faltas al trabajo, vómitos, llantos, miedo, ecografías transvaginales constantes que para mí eran comunes hasta que una doctora se sorprendió de que me hiciera una por año.
Mientras, me peleaba con Dios y con mi útero. Pensaba que si no iba a poder concebir por qué no me lo sacaban y ya, como si lo hubiera intentado… ni siquiera sabía qué planes tendría con respecto a formar una familia. Al mismo tiempo, tenía otras dolencias que luego descubrí provenían de la toxicidad de las toallitas descartables.
En mi carrera me encontraba con discursos feministas, con literatura de/por/sobre mujeres y quería que el feminismo fuese mi bandera, pero mi distanciamiento con mi útero y mi ser mujer no me lo permitían.
El comienzo del fin fue investigar alternativas y descubrí las toallitas de tela en Recibe Tu Luna. Mi interés era puramente médico: evitar enfermedades. Pero poco a poco fui reconociendo en el discurso de sus creadores otros problemas más profundos, me habían criado pensando en mi sangre como algo horrible. Mi relación comenzó a cambiar. Incluso me veía tapando el balde donde las remojaba para que mi pareja no las viera, cuando él mismo me decía que no le molestaba. Todo partía de mis propias falencias.
Mientras me amigaba con mi sangre y con mi útero, surgieron las ganas de formar una familia. Pasaron unos meses hasta que la decisión fuera de los dos, en el transcurso yo ya no tomaba las pastillas anticonceptivas. Las olvidaba, mi propia mente desistía de ellas, pero siempre por respeto a mi pareja recurríamos a otros cuidados. Y así aprendí, a los veintisiete años a contar mi ciclo, a prestar atención a las señales de mi cuerpo para identificar cuándo llegaría mi menstruación.
Finalmente nos decidimos. Comenzamos sin pensar mucho, pasaban los meses y comencé a leer. Cada menstruación que llegaba no me frustraba porque en cada ciclo entendía lo maravilloso que es el cuerpo de la mujer.
Así y todo, faltaba más. Mi hermana me regala un libro para mi cumpleaños: Luna roja de Miranda Gray y se convierte en el libro que siempre tiene que estar cerca para consultarlo, para entenderme, para tomar decisiones. El misticismo que siempre tuve pero que nunca tomé del todo en serio comenzó a reverdecer y plantar sus raíces.
Una mezcla de curiosidad, de reencuentro, de destino me lleva a contactarme con una vieja amiga de la secundaria Jazmín Llovet. Me realiza mi primera y maravillosa lectura de aura. Además de fortalecer mi propia visión sobre mi trabajo y de reforzar mi autocrítica sobre el manejo de mi energía, me deja una información increíble: antes de ser madre tengo que sanar un miedo que heredo de parte de mi familia materna, de las mujeres que la componen. Y de ahí me resurge lo dicho por mi madre ante mi desarrollo, mi tía recordando la prohibición de usar pollera después de su primera menstruación a la que recibió con miedo porque no sabía qué era, la menstruación, tan femenina, vista como negativa.
Y es toda esta información la que me hace rememorar y descubrir que mi búsqueda no comenzó el día que dijimos “formemos una familia”. Comenzó con mi reconciliación y continúa ahora con mi sanación individual y familiar.
Mi hijo o hija será fruto del amor con mi compañero y también el inicio de una nueva genealogía amorosa de la femineidad, valiente y con un camino sin espinas.

Comentarios
Publicar un comentario