FLORIDO JARDÍN


Vivo en una ciudad, ajetreada como toda ciudad, llena de hollín, con bastantes momentos grises.

Me gusta vivir en una ciudad y por ahora no me imagino en otro lugar. Aunque sí voy cambiando ciertas costumbres y vivencias. Vivía acelerada, colgada de un colectivo a otro, corriendo para estar en veinte lugares al mismo tiempo, sorteando gente tan apurada como yo, la adrenalina de llegar a tiempo y si sobraba tiempo siempre con algo para hacer: corregir textos de mis alumnos, leer, algo, adrenalina, llegar a casa agotada.

Ahora disfruto de la pausa, de quedarme en casa, de detenerme a observar los colores que da la ciudad. Vivo en departamento, por fortuna tengo un mini balcón y me contentaba con una vista increíble al jardín vecino. Durante bastante tiempo mi balcón estuvo vacío, descolorido, infértil. Hasta que comencé el camino de sanación. Una manera de revincularme con mi femineidad fue la ofrenda. Y para eso necesitaba mis propias plantas. Mi mamá me dio un gajito de una, de otra, conseguí acá, allá. Y el balcón se transformó en colores, frutos, fertilidad.

¡Ahora tengo plantas hasta en la cocina! Con solo observarlas, en silencio, al instante encuentro la calma y el eje.




Cada flor que se abre, cada pimpollo que surge, ¡generan tanta esperanza en mí! 


Si no tenés plantitas y te frustrabas como yo, te recomiendo las que están en la foto. La verde sygonyum, es de interior o media sombra; la violeta, amor de hombre, de exterior, pleno sol. ¡Se bancan todo! Y las podés tener en agua si al principio temés olvidarte de regarlas.

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